top of page

Contacto: ‪+52 55 6098 5085‬

¿Cómo es viajar al Tíbet?

Nosotros llegamos de madrugada.

El vuelo se retrasó, el plan del primer día cambió por completo, y llegamos a Lhasa cansados y con el cuerpo todavía con un poco de jet lag. No exactamente la llegada que uno se imagina cuando piensa en el Tíbet. Pero ahí estaba Tenzin, nuestro guía, esperándonos en el aeropuerto con la misma energía que si fueran las 8 de la mañana.

Tenzin nació en un pueblo muy cercano al Tíbet. Y eso se nota en todo —en cómo conoce cada calle, en cómo habla con la gente local, en su risa, que es muy contagiosa y que terminó siendo una de las cosas que más recuerdo del viaje. Siempre buscamos esto en One With You: tener gente local en los destinos. Eso no lo reemplaza Chat GPT en la guía que le pides de viajes. Con esto logramos que todo sea diferente, de verdad.

Nos hospedamos en el St. Regis de Lhasa, no vamos a mentir, nada como llegar a un buen hotel después de un día largo de viaje. Tiene máquinas de oxígeno en las habitaciones para ir aclimatándose durante la noche. Sí, se siente la altura, sin duda. Estar en 3,650 metros es algo que el cuerpo siente aunque uno no quiera hacerle caso. Tenerlo disponible mientras duermes se agradece mucho.

Lo primero que te sorprende de Lhasa

Mucha gente llega esperando algo más como Kathmandú en Nepal — caótico, denso y con calles chicas y apretadas. Y Lhasa no es eso para nada. Tiene avenidas bien trazadas, calles definidas, cafeterías, tráfico normal. Es una ciudad ordenada, con vida urbana de verdad. Lo que la hace completamente diferente a cualquier otra ciudad es que todo eso existe a los pies del Potala Palace, que está ahí en el horizonte todo el tiempo, recordándote dónde estás.

El Potala Palace con sus 1,000 escalones

Al día siguiente salimos a las 10 —un poco más tarde de lo planeado porque la noche había sido corta— y la primera parada fue el Palacio de Potala.

Ese día resultó ser el primero de abril en el calendario tibetano — fecha festiva. La tradición es ir al Potala y caminar alrededor de él, así que nos encontramos con la ciudad bastante activa: familias, música, peregrinos haciendo el recorrido ceremonial. Turistas extranjeros éramos pocos.

Son 1,000 escalones para subir hasta el palacio. A 3,700 metros, esos escalones se sienten. El edificio está literalmente incrustado en la montaña, no construido encima sino dentro, y esa sensación no se va ni cuando ya estás adentro. Los salones, los espacios donde los monjes meditan, las pinturas que cubren cada centímetro de pared, el olor a incienso y a lámparas de mantequilla encendidas desde hace siglos.

Otra cosa que me gustó mucho fue el parque que rodea al Potala. Ahí la gente bailaba. Familias enteras con música, parejas, amigos o solos, todo con el palacio de fondo. Sonreían mucho. Hay algo en ese contraste —lo más sagrado del Tíbet rodeado de gente que baila y disfruta— que dice todo sobre cómo viven aquí. Lo espiritual y la alegría no están separados. Van juntos.

Los monjes, el contacto y lo que dice de nosotros

Algo que muchos de nuestros clientes mencionan cuando vuelven —y a mí también me pasó— es que los tibetanos tienen mucho contacto físico entre ellos. Los monjes se toman de la mano, se abrazan, ríen juntos con una cercanía que a nosotros como occidentales nos puede llamar la atención.

Pero pensándolo bien, lo raro es que nos llame la atención a nosotros, ¿no? Dice más de cómo estamos acostumbrados a relacionarnos que de ellos.

El té de mantequilla de yak

Las casas de té son básicamente sus cafés. Ahí van a desayunar, a compartir la mañana, a arrancar el día. Y claro, el té de mantequilla de yak había que probarlo. Lo probé. No lo terminé —no llegué ni a la mitad de la taza, más bien fue un traguito y fue suficiente— pero era parte de la experiencia, hay que probarlo. Tiene un sabor muy raro, algo entre salado y graso que con ese frío y esa altitud tiene todo el sentido del mundo, aunque rico rico no es la verdad.

La gente, que es lo mejor

Los tibetanos llevan siglos dominando estas montañas y eso se nota en todo. Han desarrollado habilidades físicas reales para vivir a esta altitud — mayor capacidad pulmonar, una piel que habla del sol brutísimo que cae a 3,650 metros. Te ponen en evidencia subiendo esos 1,000 escalones del Potala sin inmutarse, mientras tú vas con tu lata de oxígeno comprimido, para cuando sientes que te ahogas o que te da mucho sueño.

¿Vale la pena ir?

Si buscas un destino donde meter muchas cosas en poco tiempo, probablemente el Tíbet no sea lo tuyo. Pero si estás listo para ir despacio, para dejarte sorprender, para volver con algo que todavía estás procesando semanas después — hay pocos lugares en el mundo que den eso.

En One With You armamos cada itinerario al Tíbet de manera personalizada: los permisos, el ritmo de aclimatación, y sobre todo el equipo local como Tenzin que hace que la experiencia sea completamente diferente a cualquier tour convencional.

Si te llama, platiquemos.

 
 
 

Comentarios


bottom of page